“La impertinencia de Marhuenda”

Manuel Colomer – artículo pdf

 

Desde hace meses Francisco Marhuenda tertuliano de la derecha-derecha emplea, como argumento para negar la situación de emergencia social por la que atraviesa el país y sortear las denuncias sobre sufrimiento y exclusión de millones de personas, el razonamiento de que “España no está tan mal, no es como denunciáis, o habría una revolución en las calles”.
Desde un punto de vista moral o intelectual es un razonamiento completamente hipócrita, que niega las evidencias y que ignora a las personas con el cinismo de quien no reconoce un delito porque la víctima no se queja lo bastante; además es una forma de pensar torpe y de los franquistas, quienes suponían que “la mayoría silenciosa” estaba con su dictadura porque “como no hay protestas, todo son adhesiones”, y que desconoce que en la sociedad el distanciamiento, la desafección o la oposición se muestra de distintas maneras y bajo muchas formas, como también son numerosas estadísticas que muestran las distantes opiniones de la población en torno a aspectos claves del sistema (valoración de la justicia del sistema, de los políticos,…)
Pero en todo caso es un razonamiento que periodísticamente o en un debate puede funcionar, porque hace referencia a una cuestión real, el descenso de la movilización y la protesta social en las calles en los últimos tiempos.

Más allá de la demagógia de Marhuenda, es un hecho que desde hace meses estamos en una situación de mayor atonía de la actividad de los MMSS y de las movilizaciones en la calle, lejos del nivel de protesta de los años 2011-2014 en los que se vivía una situación generalizada de protesta multitudinaria. Basta comparar la agenda de movilizaciones actual con las continuas movilizaciones de las mareas, los “viernes negros” de los funcionarios y la sanidad, las masivas concentraciones convocadas por la PAH para impedir los desahucios, y otras muchas protestas de hace unos años. La movilización de las Marchas por la Dignidad hacia Madrid en marzo de 2014, con más de un millón de personas marcó probablemente el cenit de la protesta social. Pero aunque sigue habiendo un nivel de movilización constante importante, desde hace meses no hay protestas mediáticas masivas que puedan ser motivo de debate entre los tertulianos de los medios de comunicación.
Sin embargo este menor número de movilizaciones y protestas no significa que el gobierno tenga más apoyo o que haya descendido la oposición a sus políticas. La masividad y vitalidad de la oposición se puede comprobar en otros modelos de movilización y actividad, por ejemplo la manifestación “El poble valencià contra la corrupción” de febrero pasado, o la reciente manifestación en Barcelona contra las continuas intervenciones del Tribunal Constitucional, el éxito de les “Trobades per la Llengua”, la capacidad de movilización estudiantil etc. Pero con todo es un hecho que el nivel de actividad de protesta ha decaído.

¿Qué ha pasado para protestar menos?

No es nuevo que las protestas encuentren su reflujo; las movilizaciones no son eternas, terminan disminuyendo, siempre aparece el cansancio y la necesidad de atender a las obligaciones personales que funcionan como una presión objetiva para que se reduzca la participación. Con el primer reflujo se abre una situación en la que decae la ilusión y la motivación como la cadena de decisiones de todo proceso social; salvo que otro “impulso político” vuelva a elevar o replantear la cuestión, y se abra un segundo aliento; pero en esa dialéctica el descenso acabará finalmente por imponerse.
Esta es una de las razones –no la única- por lo que la organización es necesaria, para poder mantener la actividad en los períodos de reflujo y menor movilización, y también para poder partir la próxima vez con un nivel superior de organización y recursos. Es una vieja enseñanza que conviene no olvidar por quienes desean cambiar esta sociedad.
También esa dialéctica de movilización y desmovilización es la base material que sostiene la estrategia del poder de “desoír todo lo posible” a la calle, esperando que pase el momento crítico, para poder continuar diciendo que ya no existe oposición o declarar la vuelta a “la normalidad”; esa es la estrategia que sigue ahora Manuel Valls en Francia, hacer poco cambios, o alguno para desactivar a un sector del público, pero esencialmente resistir y mostrar intransigencia y fortaleza.

La dinámica cíclica de las movilizaciones ha venido ocurriendo desde que existen los movimientos sociales; la estructura de obligaciones que impone el sistema a “la gente de bajo” deja poco margen para la organización del tiempo de vida: 8 horas trabajando y un espacio doméstico que atender para que con pocos recursos garantice un mínimo de funcionamiento, los diarios desplazamientos, además las relaciones personales etc… todo eso deja muy poco tiempo para la actividad social; incluso las situaciones de desempleo consumen también mucho tiempo de vida, entre las largas y difíciles búsquedas de empleo y las angustias que provoca la situación de exclusión. El resultado es que la gran mayoría de las personas están dispuestas a participar en movilizaciones durante momentos o períodos concretos, aquellos en los que percibe que su acción es imprescindible políticamente y puede dar resultados reales.

Desde que el 15M abrió el ciclo de luchas y protestas actual han pasado 5 años, hay un cierto agotamiento, la duradera crisis económica ha venido agotando también ahorros, y subsidios, estrangulando y disciplinando poco a poco la contestación.
Tener en cuenta esta óptica, este marco, no debe impedir buscar respuestas en términos concretos y revisar la situación y las actividades desplegadas en nuestra realidad; porque hay siempre una visión

Revisando esas razones más concretas uno de los motivos principales reside, a mi entender, en que desde hace tiempo y con continuidad, el foco de atención político está centrado en el campo electoral principalmente, y no en la movilización. Una mezcla de los intereses de industria de la comunicación, y de las operaciones políticas desarrolladas para afrontar las elecciones confluyó creando esta situación de gran evento mediático, y ha desarrollado un momento de “gran oposición pero impasse en las calles”.
Desde luego el ciclo electoral que se abrió con las elecciones municipales tuvo como preludio una larga precampaña para organización de las candidaturas, que atrajo y absorbió mucha de la atención y gran parte de los esfuerzos dedicados al activismo social en los años anteriores. Así en septiembre de 2014 cuando arranca la preparación de los Guanyem, se abrió un debate por el interés que despertaba la propuesta en una parte de la gente de izquierdas y el activismo social, frente a los temores y resistencias conjuntas que la propuesta entrañó en el seno de todas las organizaciones (EUPV y Podemos, y por supuesto Compromís) que lo vivían como el hurto de una competencia exclusiva y una operación de aventurerismo político. En el PV fue un debate largo y paralizante, en el que se emplearon además formas muy desgastadoras por una parte de los participantes, los de influencia neoestalinista o el sector hiperautónomo y antipartido. Si atendemos el caso de valenciano Guanyem València-València en Comú, iniciado tras el verano de 2014, no estuvo preparado hasta abril de 2015, y en su organización se habían producido trágicos desencuentros entre Podemos y EUPV, y el preocupado desinterés de Compromís, consumiendo con todo ello una cantidad enorme de energías y malgastando la ilusión de centenares de personas y una oportunidad irrepetible, que a punto estuvo de hacer perder las elecciones, y que actúo por descarte como fuerza propulsora municipal de Compromís. Han sido hasta hoy casi 20 meses en que muchas energías han estado preferentemente dedicadas a buscar o negar la convergencia, la preparación de candidaturas, espacios comunes… y en que gran parte del pueblo que se moviliza atendía estas actividades y debates.

Otra razón relacionada con esta “puesta de atención en el campo electoral”, es la propia puesta en marcha de la propia Podemos, cuya organización inicial absorbía también lógicamente atenciones, más aun teniendo en cuenta que nacía para disputar las elecciones.
Ahora bien nada de esto era obligado hacerlo de espaldas a las movilizaciones, se podía haber buscado complementariedades y sinergias, pero tal vez las prioridades y las fuerzas en juego resultaron así.

Junto a estas probables causas de la desmovilización, aparecen otros elementos que ha colaborado hacia un menor dedicación de esfuerzo al activismo y el trabajo de creación de conciencia social y movilización.

El resultado de las elecciones municipales y autonómicas también ofreció “gobiernos del cambio” en distintos ayuntamientos y en la Generalitat. La ilusión y confianza en estos ha sido proporcional al rechazo y hartazgo existente con el PP, y ha creado una situación de expectativa y relajamiento en las demandas sociales; se podría decir que vivimos un periodo de gracia, o de confianza, para los nuevos ayuntamientos y para con el gobierno de la Generalitat, se observa en la falta de apoyo que tienen algunas protestas como la plantilla de RTVV por ejemplo. Este fenómeno que se ha dado en las principales ciudades del PV, se ha combinado con la desilusión en aquellos otros municipios en los que la derecha se ha mantenido, dando una resultante total de mayor desmovilización.

Con todo las razones aquí esbozadas tiene una naturaleza superficial, y están relacionadas con otros déficits habituales y más conocidos de los MMSS y la izquierda valenciana, entre los cuales destaca como elemento explicativo de la atonía de la movilización la falta de iniciativa sindical cuyas principales organizaciones siguen manteniendo un perfil bajo, conformándose con una discreta actividad.

Indudablemente la existencia de expectativas electorales reales ha girado la atención del pueblo de izquierdas hacia las elecciones y las candidaturas, y a dedicar sus aportaciones hacia esto. A diferencia de Francia donde no hay elecciones en la agenda y necesariamente el objetivo es por ello obligar al gobierno a respetar los derechos laborales, a un gobierno para muchos sensible a los intereses de los trabajadores, y por ello del que se puede esperar modifique su propuesta.

Sin un fuerte músculo de autoorganización social no habrá cambio posible.

En paralelo a la batalla electoral y al trabajo a desarrollar en el nuevo parlamento, la tarea principal actual es reactivar el tejido social, fortalecer de nuevo los espacios unitarios de respuesta y contestación social.
Es comprensible la gran atención que recoge la batalla electoral, máxime cuando hasta el último momento ha estado en duda si finalmente habría una convergencia electoral para disputar al PP el gobierno, y a la vez para enfrentar la austeridad y la corrupción, y el plan de desmantelamiento de derechos sociales y ciudadanos que Bruselas está de nuevo exigiendo. Y es indudable que en coherencia debemos reforzar la campaña electoral de la unidad popular. Pero con una sociedad civil blanda, con unos movimientos sociales débiles, ningún Pacto del Botánico servirá o será suficiente para hacer el cambio. Por ello es imprescindible dedicar más atención y esfuerzos y volver a organizar, desde la unidad y la pluralidad, la actividad de los MMSS y las movilizaciones.
La teoría de llegar al gobierno para cambiar las cosas desde ahí, se ha demostrado demasiadas veces utópica, impracticable y una peligrosa ilusión. Las instituciones forman una verdadera fortaleza decía Gramsci, y ahora podríamos decir un sistema de fortalezas a través Europa, y no bastaría con ganar unas elecciones y tomar una plaza; además “las fortalezas institucionales” están “defendidas” por el poder económico que se sitúa fuera de ellas principalmente.
Tomar una fortaleza, ganar el gobierno, significa entrar en otra etapa de una larga y cruel batalla; basta pensar que además del gobierno hay que cambiar completamente estructura jurídica, ganar la magistratura del trabajo, cambiar el conjunto de la judicatura, la inspección de trabajo, el consejo de estado, espacios de poder económico como la autoridad portuaria, las cámaras de comercio, el banco de España, la industria de la comunicación… Desempatar estas elecciones es el primer paso únicamente.

Poner en práctica el programa de cambio exige un enorme apoyo y capacidad de resistencia. Los escenarios posibles son dos: tendremos o un gobierno que inicie el cambio, o más probablemente, una oposición digna de ese nombre, que denuncie la continuidad de políticas y traslade al parlamento las demandas sociales; pero todo ello se desarrollará con seguridad en un clima de mayores dificultades económicas y bajo la mirada austeritaria y autoritaria de Bruselas. En cualquiera de las dos hipótesis es imprescindible un gran trabajo de propuesta y organización para ganar a la mayoría de la población a defender activamente esas propuestas, sea el reparto de trabajo, sea la renta básica, una solución federal y el respeto a la voluntad de soberanía de Catalunya o de otros territorios, o cualquier otra propuesta importante, que sólo será posible con un gran trabajo de propaganda y convencimiento desde la base. Porque no somos la mayoría, nunca lo fuimos. La sociedad está escindida, con ideas contradictorias y en conflicto, y con incoherencias entre los bloques. Construir un bloque social alternativo mayoritario es algo más que una candidatura unitaria de convergencia, requiere un fuerte anclaje social para tener posibilidades de éxito, porque finalmente no tendremos que desempatar en una votación parlamentaria, hay que desempatar en todo el sistema y en todos los espacios institucionales, y el sistema es muy robusto, muy fuerte y difícil de desmontar y mantiene muchas alianzas, por eso se les llama sistema.

Plataforma permanente por los DD SS y CC

Sin embargo, y muy a pesar de Marhuenda, hay que reconocer que lentamente se abren posibilidades de cambiar las cosas, aquí y en Europa . Es necesario hacer todo lo que podamos para aprovechar esas posibilidades y para ampliar las grietas que se han abierto en el régimen de la reforma.

Habría que tratar de crear una plataforma permanente que tenga como objetivo la lucha por los derechos sociales y ciudadanos básicos, y la defensa del medio ambiente, en la que participen tanto partidos como movimientos sociales y sindicales, desde algunos colectivos se ha hecho ya esta propuesta (Anguita , Marchas por la Dignidad…) Se trataría de recrear un espacio para el encuentro, la solidaridad y la movilización; por supuesto con completa autonomía de las estrategias parlamentarias o de gobierno. Lo significó Totes Juntes después del 15M, ahora debería ser más fácil dada la menor competencia partidaria. Un espacio desde el que se impulsen y se coordinen campañas autónomas pero que es mejor coordinar, y en el que se podrían aprovechar sinergias de las actividades particulares y la fuerza colectiva. Campañas como TTIP, Plan B, las iniciativas de las Marxes per la Dignitat, PAH… Coordinar desde la autonomía de cada cual, con voluntad de apoyar, no-competir o contraprogramar ni agotar el calendario. Teniendo en cuenta además la especifidad valenciana, el hecho de que hay un gobierno declaradamente del cambio en la GV, al que precisamente por ello hay que -a partes iguales- apoyar y reclamar para que se supere la fase principalmente declarativa en que estamos, y se avance en los compromisos y en la atención a las (necesidades) reivindicaciones más urgentes.
Nos hace falta más activismo social, más movilizaciones, mucha pedagogía política en la calle, los bares y tiendas, y una enorme cantidad de imaginación, y mucha más solidaridad y amabilidad en nuestros colectivos y organizaciones. Sólo así crearemos las condiciones para que coincidan oportunidades electorales y la rebeldía popular y sindical de las calles de París.

 

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