El cambio no existe

Luis Gómez Estrada – artículo pdf

 

Este artículo no tratará del cambio, porque sencillamente vamos a argumentar que este cambio no existe. Que este concepto es una entelequia, un imposible, una Ítaca del Ulises de Joyce, que es como decir que es una divagación, que no es nada.
Pero si no existe, ¿por qué está tan presente en nuestras vidas? Frases como “Vota por el cambio”, “El 15M creó la conciencia del cambio”, “el programa del cambio”, resuenan una y otra vez en redes sociales, en programas televisivos, lo dicen locutores de radio de forma machacona y lo podemos ver en carteles en decenas de calles y sin embargo no quiere decir nada.
El cambio es un concepto llamativo, una palabra sin significado que lo dice todo sin decir nada. Es un concepto abstracto, una herramienta muy útil para aquellos que buscan que nada cambie, pues permite definir a elementos anacrónicos en función de otros elementos del mismo tipo. Yo soy el cambio porque tú no eres el cambio y tú no eres el cambio porque yo sí que lo soy. Cuando yo sea el poder establecido, entonces tú serás el cambio. Da igual qué cambio y parece que a pocos les importa qué significa.

Este es un concepto maravilloso que define a la dialéctica del pensamiento occidental y al que magistralmente se refiere Guido Almansi como historia de la mismidad[i]. Esto es, que no somos capaces de definir algo si no es en función de lo opuesto. Yo soy yo porque no soy tú. Llegando a la paradoja de definir un concepto, únicamente en función de lo opuesto y viceversa, logrando desproveer al concepto de un propio significado. No hay izquierda sin derecha (aunque muchos de los que se autoproclaman la izquierda no difieran mucho de aquellos que se autoproclaman la derecha), no hay progresismo sin coservadurismo, ni republicanos sin monárquicos (pero tan republicanos son los movimientos nacional-socialistas alemanes o neoliberales de EEUU como monárquicos aquellos que firmaron la constitución de 1976).

En definitiva, en una sociedad de lo llamativo, donde la influencia de las marcas eclipsa a aquello que representa y donde la palabra deja ya de requerir un significado [ii] . El propio sistema genera una dicotomía interna, un escenario de conflicto entre él y él mismo, una representación para que parezca que todo puede cambiar pero nada cambie. Un nuevo acto en la obra de “la igualdad de oportunidades” de Estados Unidos de 1950 que comenzó con la escenificación de una transición a la economía de servicios y del auge de la clase media como ejemplo de que todo cambio es posible… pero que nada cambia.

En el país del cambio, en el país de las maravillas donde todo el mundo tiene la oportunidad de trascender, la media de personas desempleadas según la U6 (medida del desempleo que incluye a aquellos que no son considerados como demandante activos o tienen jornadas reducidas) en 2010 se aproximaban a los 24 millones de desempleos [iii] y existen 50 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza (15% de la población)[iv] . Frente a esto, solo el 1% de los ciudadanos estadounidenses poseía el 34 % de la riqueza[v]. Ese es el cambio logrado en 66 años.
Si bien es llamativo que un concepto como “cambio” sea utilizado como mero eslogan y como fuegos de artificio de una sociedad para esconder su inmovilismo, es más preocupante que los movimientos transformadores caigamos también en este juego.

Sin darnos cuenta, nos adentramos en la red defensiva del sistema, y nos pegamos en sus cerdas quedando atrapados en una definición de un concepto tan amplio como inalcanzable. Quedamos enmarañados en un debate que conduce también al inmovilismo y al desencuentro.
Como si de escultores de sueños se tratase, realizamos un ejercicio platónico o copiamos a Tomás Moro y pretendemos modelizar aquello que está más allá del cambio. Definimos estructuras quijotescas, planificamos procesos productivos y aspiramos a crear herramientas útiles con el que destruir desigualdades e injusticias. Una vez puesta a secar nuestra obra, asumimos que ella es única e inmodificable. El paradigma de aquello que debe ser sin saber cuándo, sin ser capaces de contextualizarlo en el tiempo en que lo haremos realidad. Desde el materialismo más razonado nos abocamos al peor idealismo en una especie de dualismo platónico [vi] donde construimos la sombra sin importarnos de aquello que la origina.

Una vez construida el ideal de lo que ha de venir, quemamos las naves y fortificamos nuestras posiciones con el fin de defender con ahínco un ideal. Negándonos a avanzar, a descubrir nada más allá que la costa donde una vez decidimos estar.
Una vez más, incapaces de escapar a nuestro pensamiento occidental, al yo frente al tú, los movimientos transformadores caen en la trampa de la necesidad del “cambio”. Pero no cualquier cambio, nuestro cambio.

No se confundan, sinceramente creo que este ejercicio de prospección es importante pues permite asentar nuestra ideología y definir la praxis que de ella debe originarse. Además, es una forma descarada e irreverente de enfrentarse a la hegemonía cultural [vii], de decir que seguimos aquí, que no nos gusta aquello que nos han impuesto y que no cejaremos en tratar de cambiarlo.
Sin embargo, un ejercicio útil de reafirmación, muchas veces se convierte en una excusa para la confrontación de los movimientos por el cambio, para el debate interminable donde escuchemos el gratificante timbre de nuestra propia voz. Una oportunidad para subirnos al púlpito y exigir el apoyo de las masas ante la indudable validez de nuestra propia utopía.
Perdidos en el cómodo espacio de las palabras, azorados por la magnitud de la tarea o simplemente cansados de la falta de resultados, abandonamos todo intento real de construir el cambio. Muchas veces este abandono conduce a hacer el juego a Parménides y asumir que la realidad es inmutable y por lo tanto el cambio es ilusión [viii], un producto que no merece la pena perseguir. Sin querer, perdidos en este juego, exigimos el “cambio” sin saber que no existe y damos la espalda a aquello que somos y perseguimos con pasión, para dejar nuestra acción en el campo de las ideas.

Pero el “cambio” no existe en tanto es un proceso secuenciado. No existe el “cambio”, sino múltiples cambios progresivos que conforman un largo camino en el que no se deben tomar atajos. Olvidémonos que puede existir un cambio al votar en unas elecciones, olvidémonos que el cambio se consigue al exigir nuestros derechos en una sentada, perdamos la creencia que con seguir a un líder es consigue el “cambio”. Todas estas cosas pueden ser necesarias pero no suficientes. Como R. Benjamín cuando salió de Tudela [ix], el cambio debe ser un viaje, cuyo destino acordaremos conforme lleguemos al horizonte pero cuyo itinerario debe ser producto de nuestra ideología, nuestro análisis y la planificación.
Un camino lento, arduo y difícil en el que encontraremos a compañeros/as de viaje que, amparados en el ideal del cambio, solo pretenden que nada cambie. Recordemos que el cambio es un concepto tan abstracto que fácilmente puede ser convertido en un mantra sin significado.
La pregunta para seleccionar a aquellos que nos acompañarán durante un trecho no es acerca de lo que vendrá, ese es un debate que ya se tendrá, sino si realmente luchan por un verdadero cambio y si su itinerario puede ser, durante algunos recodos del camino, también el nuestro.
Ciertamente la verdadera complejidad radica en la construcción de este itinerario. En plasmar desde el análisis de nuestro contexto social e histórico y desde una ideología definida un camino sobre el mapa de los años que han de venir. Una vía al horizonte que no puede ser producto del azar ni la consecuencia de decisiones puntuales impuestas por el propio sistema que queremos cambiar.
El cambio, no entendido como mero cambio, sino como una transformación sistémica completa que permita superar las desigualdades históricas no puede darse si no existe consciencia real de su necesidad. Independientemente de debates sobre si fue antes el huevo o la gallina, la clase o su consciencia. Lo que sí que parece comúnmente aceptado es que sin una consciencia (bien sea generada [x], para sí [xi] o adscrita [xii]) por parte de los y las trabajadoras sobre una situación común, con intereses comunes y con necesidades compartidas e impuestas por otros, el cambio no es posible. Es decir, que si como Bastián no aceptamos que no solo somos espectadores sino los verdaderos protagonistas de la historia, no podremos impulsar un movimiento de cambio real.
Thomson describirá con gran maestría como, solo ante unas necesidades comunes y la búsqueda por satisfacerlas, los hombres y mujeres deciden agruparse. Es en ese esfuerzo conjunto cuando crean ese sentimiento de grupo que, cuando lo relacionan con una desigualdad social y sistémica, se vuelve conciencia de clase o al menos consciencia de pertenencia a una clase[xiii] . Solo mediante este proceso lógico y consciente del pueblo surge un movimiento transformador con perspectivas de cambio real.
Si esta consciencia de pertenencia, de comunidad, no se basa en el trabajo conjunto, continuo y solidario sino en idolatría, moda o ira justificada, entonces solo se puede alcanzar un momento de inestabilidad, tal vez se pueden generar ciertos cambios, pero no puede alcanzarse un verdadero cambio social.
El cambio no es un momento, es un proceso que se construye día a día, acción a acción. Un incendio que debe originarse de una leve chispa, no importa lo pequeña que sea, para que se extienda por todo el mundo. Pero que si dejamos que el fuego se desboque, pierda su esencia, su objetivo, entonces se torna en un proceso súbito y explosivo pero que dura solo un momento… y eso no es cambio.
El cambio solo surge cuando algunos hombres, como resultado de sus experiencias comunes (ya sean heredadas o compartidas), sienten y articulan la identidad de sus intereses a la vez comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos [xiv]. Una identidad surgida de la experiencia empírica, de aquel que ha descubierto que sus necesidades no son solo propias y de que la forma de superarlas es mediante el esfuerzo conjunto de aquellos que se han visto obligados a padecerlas. Olvidémonos de exigir a aquellos que mayores necesidades tienen que promuevan un cambio que no creen que necesiten, dejemos de lado la intelectualidad ilustrada que es ajena al propio movimiento.
El cambio se construye, no mediante el altruismo sino mediante la utilidad y solidaridad. Un movimiento útil en tanto subsana las necesidades de aquellos que lo componen bien mediante la consecución de cambios estructurales y legislativos significativos en un futuro, pero sobre todo mediante la mejora de la calidad de vida de sus partícipes gracias a la solidaridad compartida de todo el grupo en el presente. Eso crea sentimiento de pertenencia que es el inicio de la conciencia.
Un cambio que requiere de Pávels, pero en el que son imprescindibles las Pelagia [xv]. Pues son ellas las que forman la base del cambio y sin ellas el cambio no es posible. Es evidente a lo largo de la historia que los movimientos de cambio, enmarcados en líderes carismáticos tienden a desaparecer con ellos, pues sus bases son de barro, carentes de la permanencia que un cambio necesita y que solo una población convencida por el cambio puede insuflar.
Y es por eso que un movimiento de cambio debe iniciar en la creación de estructuras que permitan descubrir cuáles son las necesidades reales y sentidas por los y las trabajadores, es decir, por la mayoría el pueblo y generar herramientas para incidir directamente sobre ellas. Importa conocer las necesidades reales y, sobre todo, las percibidas por la gente y generar un movimiento en el que el grupo aprovecha estas herramientas generadas con el fin de ayudar al resto y que el resto le ayude a él. Solo así generaremos una conciencia de pertenencia a un grupo a través de la solidaridad entre sus miembros.
No importa cuán grande sea nuestro radio de acción, no importa si nos centramos en nuestro edificio, en nuestra calle, en nuestro barrio o en nuestra región, el cambio requiere de estructura y recursos.
Amparados en una mayor estructura, en un proceso de aprendizaje a través de nuevos comportamientos y actitudes, así como una aproximación ideológica a través de la praxis del día a día. Entender que las necesidades que padece la gente no son culpa suya, sino la consecuencia lógica de un sistema que se nutre de las diferencias como base de su producción de riqueza, como los cimientos de su propio sistema. Uno no es culpable de que su inmueble sea expropiado, es el banco que se nutre de un sistema que ampara un proceso injusto de distribución de la riqueza. Una sociedad que mantiene actitudes condescendientes con ciertos grupos minoritarios a costa de coartar los derechos de la mayoría de la gente.
Será a través de la comprensión de esta realidad, de la identificación de las causas reales de la injusticia que se generará un movimiento por el cambio consciente, no basado en los personalismos o la demagogia, sino en la razón de la propia dialéctica.
Un movimiento fundado únicamente en las necesidades compartidas pero que evoluciona, crece desde su propio trabajo, creando una cultura propia y solidaria que no depende de una cabeza sino de muchas. Un movimiento amparado en una estructura con capacidad para fortalecer los movimientos de masas surgidos de su seno, no importa si persiguen un mismo horizonte pues caminan hacia él unidos en pos de un cambio.

 

 

 

[i] Guido Almansi. introducción de ESTO NO ES UNA PIPA: Ensayo sobre Magritte. Michel Foucault

[ii] NAOMI KLEIN. NO LOGO: El poder de las marcas. 1999

[iii] PAUL KRUGMAN. ¡Acabemos ya con esta crisis! 2012

[iv] Income, Poverty, and Health Insurance Coverage in the United States: 2014 (“Ingresos, pobreza y cobertura del seguro de salud en EE. UU.: 2014″), Oficina del Censo de EE. UU.

[v] The American Middle Class, Income Inequality, and the Strength of Our Economy New Evidence in Economics. Center of American Progress: Heather Boushey and Adam S. Hersh May 2012.

[vi] PLATON. Timeo. 360 a. C.

[vii] ANTONIO GRAMSCI. Cuadernos de la cárcel. 1917 y 1924.

El concepto de hegemonía cultural fue desarrollado por el filósofo marxista Antonio Gramsci a fin de explicar cómo una sociedad aparentemente libre y culturalmente diversa es en realidad dominada por una de sus clases sociales: las percepciones; explicaciones, valores y creencias de ese sector llegan a ser vistos como la norma, transformándose en los estándares de validez universal o de referencia en tal sociedad, como lo que beneficia a todos cuando en realidad solo beneficia (o beneficia preferencialmente) a un sector dado.

[viii] un poema didáctico, Sobre la naturaleza, Parménides

[ix] Libro de los viajes, Benjamin de Tudela

[x] THOMPSON, E.P. La sociedad inglesa del siglo XVIII. ¿Lucha de clases sin clases?, en Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial. Crítica. 1979.

[xi] MARX, Karl. Miseria de la Filosofía.

[xii] GEORG LUCKÁCS. História y consciencia de clase. 1923.

[xiii] THOMPSON, E.P. La formación de la clase obrera en Inglaterra. 1963.

[xiv] THOMPSON, E.P. Algunas observaciones sobre la clase y la falsa conciencia. 1977.

[xv] MAKSIM GORKI. La madre (Мать). 1907.

En el transcurso de la historia, el lector puede apreciar el cambio de actitud de Pelagia, la madre de Pável, hacia la actividad política. En un primer momento, su reacción es de rechazo, un rechazo que tiene su origen en el miedo que ha venido arrastrando a lo largo de su vida. Sin embargo, poco a poco se va involucrando en las reuniones de su hijo con sus compañeros de partido, a los cuales acaba tratando y considerando como si fueran sus propios hijos (quien sigue la historia acaba comprendiendo que Pelagia no es sólo la madre de Pável, sino también de todos sus compañeros, de toda la causa que defienden): su relación con personajes como Andrés, Natasha o Rybin es cada vez más estrecha.

Como consecuencia de sus actividades políticas, Pável es detenido por la policía zarista. A partir de ese momento, Pelagia deja de comportarse como una mera espectadora, y comienza a colaborar activamente en las actividades del partido: llevando pasquines a la fábrica de su hijo, transportando periódicos ilegales a las zonas rurales o transmitiendo a campesinos y trabajadores la ideología socialista aprendida de su hijo, a la que ella da un tinte religioso: desde su punto de vista, religión y socialismo defienden el reinado de las clases humildes.

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