Del cambio y la vanguardia

La historia de la sociedad humana es una historia de lucha de clases. Karl Marx. El manifiesto comunista.

Mario Verges – artículo pdf

 

Actualmente, pareciera que la democracia se desarrolla inexorablemente, y sin embargo es más bien lo contrario. De hecho lo que ocurre en realidad es que se crea la ilusión a través de las tertulias políticas televisadas, con bustos parlantes y convidados de honor que siempre muestran sus ‘com-posturas’ dentro de una horquilla cultural hegemónica, para posteriormente usurpar el debate político real de las capas populares.

Cuanto menos pretenden crear una opinión, que en momentos de agitación como el actual, les permita contener dentro de unos límites sus ideas, su concepción del mundo y por ende el sistema, verdadero objetivo. Os invito a leer el libro ‘No pienses en un elefante’ de George Lakoff, donde se sintetiza décadas de trabajo y discusión en el ámbito de la lingüística cognitiva.

Las tertulias políticas de salsa rosa básicamente pretenden inducir el pensamiento único. Han proliferado tanto que hoy somos el país europeo con más minutos de este tipo de tertulias en la parrilla televisiva. Y esto tiene un objetivo. Mantener el “estado de cosas”.

Si algo podemos decir del germen del 15M1 fue la denuncia hecha de una fuerza en la sombra que dirigía con hoja de ruta propia y de clase los designios del país, y la connivencia de lo que popularmente se designó como clase política (término que particularmente detesto).

Las movilizaciones del 15M llegaron en el momento justo en el que teníamos las tasas más altas de paro, unas de las peores condiciones laborales y sin embargo todo el mundo se quejaba en el sofá o en el bar; y de repente, sin previo aviso, de forma espontánea cambia.

Supuso un punto de inflexión en la crítica de nuestro modelo democrático, que cuestionó tanto su calidad como su cantidad. Cierto es que no se llegó a cuestionar de fondo el modelo económico capitalista omnipresente en occidente; pero no por ello deja de ser cierto que sí se dejaba entrever tímidamente en España, y de forma más plausible en EEUU con el movimiento OcuppyWallStreet2, una crítica al sistema financiero.

Con todo, el 15M exigía más democracia y denunciaba la corrupción generalizada tanto en el ámbito público como en el privado, poniendo el foco principalmente en los partidos políticos y en las instituciones democráticas. Consiguió zarandear el avispero. ‘Somos la mayoría’,

‘No nos representan’, ‘PP y PSOE la misma mierda es’, ‘Reforma electoral ya’, ‘No es una crisis, es el sistema’, ‘No hay pan para tanto chorizo’ e incluso críticas al sector de izquierdas como ‘dónde está la izquierda, al fondo a la derecha’; ‘somos el 99%’, decía también el movimiento Ocuppy de Wall Street.

Sin embargo, y con todo lo anterior, la realidad de la clase dominante se impone a la fuerza. En los momentos de mayor incidencia de las contradicciones del capitalismo, la democracia empieza a ser molesta.

Esto lo expresa magistralmente Rosa Luxemburgo:

Las instituciones, aunque democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Esto se demuestra del modo más palpable en el hecho de que, en cuanto la democracia muestra una tendencia a negar su carácter de clase y a convertirse en un instrumento de los intereses reales de las masas populares, la burguesía y sus representantes en el aparato del Estado sacrifican las formas democráticas.

Extracto de Reforma o revolución. Rosa Luxemburgo.

 Por eso mismo es necesario e imprescindible continuar ese hilo conductor de las movilizaciones del 15M y que por otra parte proviene del análisis de los procesos históricos, y en momentos como este defender la democracia. Porque además sólo a través de la lucha por la democracia y del ejercicio de los derechos democráticos las personas llegamos a ser conscientes de nuestros intereses de clase. Es decir, de lo que estamos hablando es de la lucha cotidiana actual, de la actitud de la suma colectiva, eso sí, aún en el marco del estado capitalista.

Sin embargo, aun con todo lo sucedido en estos 5 últimos años, toda esta participación ha acabado adoptando la forma de parlamentarismo burgués, o lo que es lo mismo, el estado de clase perdura y se manifiesta con más claridad, sobre todo después de las elecciones del 2011 donde la mayoría numérica, que no social gracias a la ley d’Hont, decidió que el partido más democráticamente involucionista y más reactivo obtuviera la mayoría absoluta.

Lenin en su libro el Estado y la Revolución3 comienza explicando que el estado surge de las contradicciones de clase, es decir de la lucha de clases, para someterlas en torno a los intereses de la clase dominante.

En una mirada retrospectiva, es lo que hemos vivido desde de la transición hasta la fecha; es la razón de ser y la práctica política del PP y del PSOE, ejercida -como diría Julio Anguita- por capataces de la oligarquía financiera.

Cabría ahora hacer un análisis lo más exacto posible para no llevarse a engaño. En estos momentos no estamos ante una crisis del sistema de dominio de la clase dominante de nuestro país, sino ante una crisis del sistema de representación política: el bipartidismo en rostro del PPSOE.

En las últimas elecciones, éste aglutinó más del 50% del voto español, y las nuevas fuerzas emergentes, tanto PODEMOS (al que los mass media atribuyen ‘de parte’ el recogimiento de las consignas del 15M) como Ciudadanos (la cara amable de la derecha), no han cuestionado ni el sistema económico vigente ni la hegemonía cultural sobre el que se sustenta.

Por otro lado la actual IU, con el PCE4 en sus entrañas, única fuerza política de ruptura de alcance mediático y electoral, aunque sí obtuvo mayor apoyo electoral tras las movilizaciones del 15M, se ha mostrado como un instrumento político necesario para la revolución democrática, pero insuficiente para aglutinar por sí mismo una mayoría social determinante. Era necesario aglutinar más agentes sociales y políticos en torno al concepto de la Unidad Popular.

Ya en 1847, Marx explicó que el desarrollo de un mercado global5 vuelve “imposible toda la estrechez y el individualismo nacional.

Todos los países, incluso los más grandes y poderosos, ahora están totalmente subordinados a toda la economía mundial, que decide el destino de los pueblos y las naciones“. Este brillante pronóstico teórico, mejor que cualquier otra cosa, muestra la superioridad inconmensurable del método marxista.

El proceso de centralización y concentración de capital ha alcanzado proporciones hasta ahora inimaginables. El número de fusiones y adquisiciones ha alcanzado el carácter de epidemia en todos los países industrializados avanzados. En muchos casos, estas adquisiciones están íntimamente relacionadas con todo tipo de prácticas turbias: compra o venta de acciones en Bolsa con información privilegiada, falsificación de los precios de las acciones y otros tipos de fraude, robo y estafa, como ha revelado el escándalo de la manipulación de la tasa de interés Libor por el banco Barclays y otros grandes bancos.

Esta concentración de capital no significa un crecimiento de la producción, sino todo lo contrario. En todos los casos, la intención no es la de invertir en nuevas plantas y maquinaria sino la de cerrar fábricas y oficinas y despedir a un gran número de trabajadores con el fin de aumentar los márgenes de beneficios sin aumentar la producción. Baste con mencionar la reciente fusión de dos grandes bancos suizos, que fue seguida inmediatamente por la pérdida de 13.000 puestos de trabajo.

Entonces, con toda esta barbarie, ¿estamos ante un cambio o no? Y de haber posibilidad de cambio, ¿se va a producir un proceso de transformación o transfiguración?.

Introduciría lo que la teoría Gramsciana denominaría ‘revolución pasiva’6, es decir, una suerte de restauración en forma de segunda transición, donde las clases dominantes ofrecen un pacto a las capas medias hegemónicas en las fuerzas emergentes, que pasaría por la inserción plena de estos sectores en la representación parlamentaria del país.

Esto es un pacto con un acuerdo tácito incluido, que es el de renunciar a un gran eje articulador de la revolución democrática7. Lenin explicaba que toda revolución real siempre empieza por arriba, con una crisis de confianza en la clase dominante, que se siente incapaz de gobernar al viejo estilo. La segunda condición es que la clase media debería estar en un estado fermento, oscilando entre la burguesía y el proletariado. La tercera condición es que la clase obrera debería estar preparada para luchar por la transformación de la sociedad. La condición final es la existencia de un fuerte partido revolucionario con una dirección experimentada y previsora.

Con todo lo anterior podríamos entonces inferir que se requieren dos cosas; un agente político aglutinador en primera instancia, no necesariamente uniforme, ni en su forma ni en el tiempo, que colmara las expectativas de cambio de una amplio espectro de la población (mayoría social determinante en su expresión parlamentaria y/o agente social ampliamente respaldado) y con ganas de disputar el poder político, y en segunda instancia debiera reunir en (ahora sí) una única forma de vanguardia para hacer avanzar a la clase trabajadora hacia la verdadera democracia a través de la revolución social.

Sabemos que una de las prácticas básicas de esa organización revolucionaria sería la de dotar de mecanismos concretos que nos protejan de las miserias humanas, que haberlas haylas, que posibiliten que el poder pueda ser ejercido de otra manera, lo más independientemente posible de las intenciones de quienes lo alcanzan.

El único sistema que puede garantizar el poder popular, el que se gobierne de acuerdo con el interés general, por lo menos en el cual se maximiza la probabilidad de que así sea, es la democracia, la verdadera.

Debemos por tanto analizar los sistemas políticos que no han podido lograrlo, para detectar sus errores y corregirlos. Éste es otro de los objetivos básicos de esa organización. Si no aprendemos de los errores, no podremos superarlos.

La conquista del poder estatal por una amplia clase popular, no se puede provocar artificialmente, sino que implica un cierto grado de madurez de las relaciones político-económicas. La conquista del poder político por una gran masa popular consciente solamente puede ser el resultado del comienzo del hundimiento de lo anterior y por ello, lleva en sí misma la legitimación política y económica de su oportunidad.

Si asumimos que el cambio podría estar en marcha, ¿qué queda por hacer?. Asumiendo que la transformación devendría de una necesaria ruptura con lo anterior, entonces hemos de admitir que desde la aparición de la sociedad de clases, la conquista del poder político siempre es el objetivo de toda clase ascendente. En las ciudades medievales, la lucha de los artesanos contra la nobleza; y en la Edad Moderna, la lucha de la burguesía contra el feudalismo.

 

Ernest Mandel en Introducción al marxismo nos habla en estos términos de la relación entre las masas y su vanguardia:

No hay ninguna oposición entre la espontaneidad de las masas y la necesidad de construir una organización revolucionaria de vanguardia. Una se apoya en la otra, la prolonga, la completa y le permite triunfar concentrando su energía en el punto neurálgico: el derrocamiento del poder político y económico del capital.

 Por lo tanto, otra cosa que está por construir en torno al sector social ascendente es la organización de vanguardia8 que va a liderar y dirigir la transformación social.

Como en todo proceso rupturista, por extensión se utiliza en el plano artístico, científico, y/o tecnológico, para aludir a los movimientos de renovación y cambio de las formas artísticas, científicas o tecnológicas anteriores, pues van al frente, innovando y rompiendo con lo anterior.

Esa organización no es, por lo tanto, toda la clase organizada, sino la vanguardia: el sector más avanzado de ella, que guía a la clase para desarrollar su conciencia y su lucha por realizar sus intereses de clase, terminar con la explotación, y construir una sociedad distinta.

Habría que considerar, además, que en la sociedad capitalista hay más de una fracción de clase (como por ejemplo la pequeña burguesía) y grupos sociales diversos que también sufren las consecuencias de la explotación, pero no la sienten como los otros grupos. Es por ello que esa organización debe ser capaz de agrupar en torno a objetivos comunes, en cada etapa de la lucha, a las otras clases y grupos de la sociedad que entran en contradicción con el sistema capitalista.

Evidentemente, en este proceso hay un grupo muy heterogéneo de causas y pensamientos, por lo que es necesario distinguir entre el conjunto de la clase y su vanguardia política, al igual que habría que detallar el concepto de vanguardia entendido no como los más preparados desde un término estrictamente intelectual, que también, sino que reúne a los elementos más conscientes de la clase.

El ideal de libertad, el inconformismo, el empoderamiento, la criticidad son rasgos comunes en las vanguardias de las organizaciones revolucionarias.

La acumulación de fuerzas en ocasiones une por necesidad la vanguardia política y la vanguardia artística. Típicamente surgen en un contexto social nuevo, ante la necesidad de crear nuevas formas de expresión que para romper con el pasado.

Concretando, hay posibilidades de crear un cambio social real?. Las condiciones subjetivas (como decimos los marxistas) están presentes.

Sólo (que ya es mucho decir) necesitamos una organización de vanguardia que guíe al pueblo al objetivo del cambio real, y para ello

NO es suficiente el agente discursivo, es requerido organizar la revolución desde las bases sociales, transformando la realidad, modelando la sociedad a través de la Vanguardia.

El enemigo a abatir es poderoso, no dudará en emplear la violencia, y para ello el estado, las influencias internas y externas, el poder legislativo en su mano y el ejército con tal de no perder sus privilegios; nuestras armas son la solidaridad, la organización y el nivel de conciencia.

En primer lugar, una transformación tan importante como la transición de la sociedad desde el orden capitalista es imposible que se produzca de repente, de un solo golpe exitoso. La transformación social presupone una lucha larga y tenaz en la que muy probablemente habremos de retroceder más de una vez, de modo que, desde el punto de vista del resultado final de toda la lucha, la primera vez que tome el poder habrá de ser necesariamente “demasiado pronto”.

Rosa Luxemburgo.

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